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Puertopadrense

Los ruidos y su vocación destructora

Los ruidos y su vocación destructora

Julián Puig Hernández.

Los intensos ruidos son preocupación de los expertos en la actualidad. En las grandes ciudades se genera tal dimensión de ruidos que pueden escucharse a lejanas distancias, como una gran industria por su mezcla de claxon, sirenas, motores de autos y altoparlantes. A kilómetros se siente el sonido de un monstruo que reposa sobre una mar de edificaciones de distinta naturaleza.

Los especialistas han determinado el grado de tolerancia de que es capaz de soportar el ser humano y advierten sobre las nefastas consecuencias que ocasionan los excesos.

En no pocas industrias, debido al intenso ruido a que es sometido el trabajador, se exige como medida de seguridad la implantación de orejeras a fin de minimizar los nefastos estragos que ocasiona al ser humano en el proceso productivo.

Pero en la calle no es así, existe un evidente irrespeto por parte de bicitaxistas, cocheros, conductores de autos y camiones, pero también por vecinos imprudentes, que amplifican música a cualquier tono y hora del día. Existen contravenciones para esos casos, pero no se aplican, al parecer, con todo el rigor necesario.

Resulta común escuchar música en sobre tono desde un portal, para implicar a todo un vecindario con un gusto impuesto, porque el que amplifica se cree con el mejor de los gozos y martiriza con ello a sus conciudadanos.

Pero lo más irracional del asunto es que quienes irradian ese desmesurado sonido no tienen ni idea de lo que hacen porque nadie les ha pedido esos excesos. Es su derecho disfrutar de la música que gusten, pero no es el de interferir en los gustos ajenos. Puede, incluso, encerrarse en su casa y amplificar luego a su preferencia, pero nunca debe invadir con imposiciones a los vecinos.

También están los audios rodantes, con música de todo tipo, subiendo y bajando la avenida de la libertad con la mayor naturalidad del mundo, sabiendo incluso que la ley no permite conducir con esa perturbación de fondo pues eso impide la plena atención en la vía, pero persisten en ello.

El ruido en exceso daña la salud de las personas, aumenta la presión arterial, perjudica al corazón y con ello acarrea un grupo importante de imperfecciones de carácter coronario.

Nadie tiene derecho a enfermar a otro, invalidándolo incluso para el resto de la vida. El ruido es un asunto que amerita mejor examen pues obviamente no es de música ordinaria. La buena música, en tonos desmesurados, se convierte en mala porque puede matar; pero lo que no queda claro es si el victimario es la música o la mano que apresura un amplificador.

  • Imagen tomada de consejosdeartemisa.files.wordpress.com
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