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Puertopadrense

El Moncada y los nuevos tiempos

El Moncada y los nuevos tiempos

Por: Julián Puig Hernández.

Tiene la patria en la juventud su principal sabia y ha de cultivarla para que cumpla fielmente el cometido histórico que le compete.

Fueron los que llevaron las riendas de nuestro primer grito de independencia, el luminoso 10 de octubre de 1868 y permanecieron en la manigua durante 2 lustros con el estandarte indeclinable.

Después de la tregua fecunda, volvieron con renovados bríos el 24 de Febrero de 1895 y fue trunca su verdadera pretensión cuando los norteamericanos aplicaron la teoría de la fruta madura.

Exhaustos, pero no derrotados, esperaron por las nuevas generaciones de cubanos que, ya se sabía, tomarían las nuevas riendas de la guerra independentista.

Después vinieron tiempos diferentes, pero no menos irredentos que aquellos ancestrales y altos. El movimiento obrero se organizó en trincheras de ideas, en los mismos muros que los estudiantes y los campesinos; pero necesitaron juntar sus voluntades, reagruparse en el camino que ya se había pactado por los mambises.

Pero fueron jóvenes los que dieron la nueva clarinada el 26 de Julio de 1953, justo cuando el apóstol parecía morir en el centenario de su natalicio.

Fracasado el factor sorpresa para los soldados de la mayor fortaleza militar del oriente cubano, vinieron los fuertes vientos que hicieron tronar la historia y quedó, en los muros, en las calles y el corazón de los cubanos dignos, el nuevo grito de libres o mártires.

Pese a aquel malogrado intento, siguieron los esfuerzos por devolverle la libertad a Cuba, y vino el presidio, el exilio, el desembarco y la lucha en la sierra. Entonces se sumaron todos, en las montañas y en el llano, intelectuales, obreros y campesinos se unieron, como fruto genuino de lo auténtico, en pos de materializar finalmente un proyecto irreversible.

Hoy recordamos todos aquellos momentos que abonaron el largo y fértil camino, imbuidos en nuevos tiempos, de mayor astucia y perspicacia, para fortalecer la obra, atemperarla a los nuevos tiempos y hacerla eterna.

Hoy tañen las campanas de La Demajagua, truenan los corceles embravecidos de Bayre, silban las balas contra los muros del Moncada, tiemblan las lomas de la Sierra Maestra, soplan aires de otros tiempos no menos convulsos pero hay inteligencia bien cultivada dispuesta siempre a no dejar caer la bandera y andar por los nuevos caminos.

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